Rioja y Ribera. Martínez Lacuesta y Camelo Rodero. Maestros del Tiempo.
El cuarto episodio del podcast sobre vino Sólido y Líquido reunió en Mallorca a Javier Bañales, director general de Bodegas Martínez Lacuesta, y a Jesús Sánchez, embajador de Bodegas Carmelo Rodero. Una conversación entre dos Maestros del Tiempo.
26 Jun 2025 | Martínez Lacuesta
El cuarto episodio del podcast sobre vino Sólido y Líquido reunió en Mallorca a Javier Bañales, director general de Bodegas Martínez Lacuesta, y a Jesús Sánchez, embajador de Bodegas Carmelo Rodero. Ambos narraron, en pasado y con perspectiva, cómo dos denominaciones centenarias revalidaron su prestigio durante los últimos años, mientras el consumidor exigía más autenticidad que nunca.
Panorama 2024: mercados que premian la identidad
Bañales abrió la conversación asegurando que “veía a la Rioja más viva que nunca”, gracias a la convivencia entre casas históricas y proyectos jóvenes que rescataron viñas patrimoniales. Sánchez contestó que la Ribera del Duero “vivía una época dulce” porque, aun cayendo el consumo global, el público se inclinó hacia vinos de mayor calidad y fuerte carácter local.
Ambos coincidieron en que la pandemia consolidó un bebedor curioso, dispuesto a pagar por origen y relato —una oportunidad que las bodegas aprovecharon con enoturismo, ediciones limitadas y narrativas digitales.
Tiempo y excelencia: la afinación como sello compartido

Desde Haro, Bañales recordó la obsesión de Martínez Lacuesta por las crianzas largas: “Una vez has puesto el tapón, el vino comenzó su autogestión”. Esa filosofía de afinadores permitió lanzar reservas solo cuando la botella alcanzó plenitud, reforzando la reputación de la casa.
Sánchez relató cómo Rodero aplicó la misma paciencia a la innovación: cuando le propusieron embotellar un albillo blanco, Carmelo contestó que, llevando su apellido en la etiqueta, “no sacaría nada por necesidad de negocio, sino cuando fuese excelente y lo siguiera siendo diez años después”. La anécdota subrayó que la inmediatez no debía imponerse sobre la calidad, incluso en una Ribera famosa por sus robles jóvenes.
Marca y terroir: dos brújulas inseparables
El riojano defendió que “las marcas hicieron las denominaciones”; para él, etiquetas como Campeador han sustentado la credibilidad colectiva durante más de un siglo.
El ribereño aportó un ejemplo práctico: en 2024 Rodero sustituyó su reserva clásico por Raza, un tempranillo de cinco parcelas viejas a 900 m que realzó Pedrosa del Duero sobre la categoría formal. “Surgió Raza… esa tempranillo de Pedrosa que quisimos destacar” —explicó. La lección fue clara: la marca cuenta, pero debe anclar su narrativa en un paisaje reconocible.

El reto del equilibrio en un país cálido
Bañales resumió la clave de la longevidad con una máxima aprendida en Jerez: “La única forma de llegar a ser viejo es ser un gran joven”Para él, la frescura —ácido y tanino finos— garantizó que un Rioja clásico conquistara décadas de guarda.
Sánchez desmontó el prejuicio de los grados elevados: “Buscamos altitud y maduraciones largas para que el cliente no perciba esos 14,5–15 %”. Una viticultura de altura y extracciones delicadas permitió a la Ribera ofrecer tintos potentes y, al mismo tiempo, gastronómicos —una demanda creciente en restauración y consumo privado.
Revolución tranquila: innovar para seguir siendo clásicos
Ambos directivos recordaron que las bodegas familiares solo se mantuvieron relevantes cuando “revolucionaron el gallinero” sin traicionar su estilo. Martínez Lacuesta redujo drásticamente el uso de barrica nueva y apostó por blancos de guarda; Carmelo Rodero depuró el diseño de su gama alta pensando en el disfrute doméstico. La conversación cerró con un consenso: la historia es atractiva cuando permanece activada y dialoga con la vanguardia.
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